No hay nada peor para un ave migratoria que dejarla en cautividad, y lo mismo puede decirse de los escritores. Desgranar palabras y frases, engarzando ideas y dándoles nueva forma es como un soplo de aire fresco en el alma de todo autor que se precie, y si no fuera porque necesita otros sustentos, casi podría decirse que vive y respira casi exclusivamente con ello.
Algo así me ha ocurrido a mí en los últimos tiempos, en los que, debido a un problema muy grave de salud, me he visto obligado a reducir forzosamente mi actividad para dedicarme a descansar, recuperarme y replantearme mi estilo de vida en esta segunda oportunidad que ha venido como llovida del cielo. Puedo decir que he tenido muchísima suerte y que nunca me cansaré de agradecer a todas las personas que se han interesado por mí, porque no es fácil salir de una de estas, aunque no vaya a tener demasiadas complicaciones en el futuro.
Nunca nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos. La herramienta de un escritor son precisamente sus manos, y la imposibilidad del uso correcto de las mías me ha mantenido lejos de los teclados hasta hace unos días. A pesar de que todavía tardo bastante en redactar cualquier texto, lo cierto es que el poder acariciar las teclas, aunque sea con un tacto difuso y una cierta torpeza de movimientos, se ha convertido en todo un gozo y un arte a la vez. Es ese triunfo, porque solo puedo pensar en ello como una victoria, lo que me permite seguir expresándome por escrito y que mi voz llegue hasta dondequiera que la lleven las redes telemáticas.
Volver a redactar y tener la mente clara para hacerlo es un privilegio que pocos han vuelto a tener y me siento, por tanto, muy afortunado de hacerlo. Todavía tengo mucho que contar y que narrar, y sería una pena dejar en la estacada a aquellos que han disfrutado con mis historias y personajes, pues hacerlo sería como dejarlos huérfanos, y no solo a las personas, sino también a esos personajes a través de los que he vivido, y he hecho vivir a otros, nuevas vidas.
Por todos ellos, y por mí, regreso, poco a poco, al mundo de los narradores de historias.
El siglo XIX fue una época degrandes cambios, la mayoría de índole tecnológica, pero no todos. La tecnología propició la mejora de las armas y una auténtica revolución en cuanto a los métodos de mecanizado de materiales y fabricación de utensilios, gracias a innovaciones como la máquina de vapor, el telégrafo y los avances en otras ciencias, como la química. Todos estos progresos impulsaron la conquista o dominio de otros territorios, dando lugar a un colonialismo sin precedentes en la historia y con las grandes potencias como protagonistas.
En este marco, tenemos que pensar que solo las zonas de la costa este (y algunos puntos de la zona oeste, especialmente California) de Estados Unidos estaban realmente civilizadas y que la mayoría de los territorios de Norteamérica eran tierras peligrosas, atractivas para colonos, exploradores, buscadores de riquezas, timadores, misioneros y criminales, así como para todos los que querían buscar un futuro mejor.
EL OESTE EN LA FICCIÓN
Este era el caldo de cultivo para los autores de novelas de aventuras, que en el Salvaje Oeste cristalizaron en las llamadas Dime Novels, de las cuales ya he hablado en este otro artículo del blog. Más tarde, con la llegada, primero de la radio y luego del cine, las historias de las novelas pasaron a la gran pantalla y siguieron creciendo en popularidad. Es entonces cuando se terminan de perfilar los arquetipos que todos conocemos del mundo del Western. Así, pistoleros, buscadores de oro, enterradores, taberneros, granjeros, agentes de la ley, indios, vaqueros, buhoneros y médicos ambulantes poblaron las pantallas de los cines como antes lo habían hecho en el papel impreso, a menudo encumbrados con magníficas bandas sonoras como la de los Siete Magníficos, por poner un ejemplo. El cine de los sesenta y setenta descubrió más tarde que los paisajes del sur de España eran ideales para recrear, y reinventar, las míticas figuras del Oeste y surgió un nuevo género, denominado Spaguetti Western, que enfatiza todavía más la épica por encima de la realidad y crea un imaginario propio, rico y muy entretenido. Más tarde, el universo del Western moriría de su propio éxito al agotar las fuentes, repetirse los arquetipos y agotarse las tramas posibles, aunque luego resurgió en los años noventa con enfoques mucho más realistas, alejados de todo lo que se había construido alrededor de una épica que nunca existió, pero que heredaba, y aumentaba, lo mejor de aquellas primeras Dime Novels.
Es en este Spaguetti Western que llenaba las tardes de los sábados en la primera cadena de la RTVE donde quiero detenerme hoy, pues a ellas debo gran parte de mi inspiración creativa. En este caldo de cultivo de aventureros, forajidos y demás ralea surgieron ideas, historias y personajes que han ido cristalizando alrededor de la figura del personaje Pulp llamado Quincy West.
Me llamo Quincy West y voy a contarte una historia. En virtud a tu delicado origen y posición, voy a intentar narrarla del mejor modo posible, evitando utilizar palabrotas y ese tipo de cosas que parece que hoy día asustan a la gente como tú.
De algún modo que no logro entender, la vieja magia india que llevo en mis venas va a hacer que te encuentres dentro de mi cabeza, al menos hasta que alguien la vuele. Eso significa que te rogaría que cuidaras de ella como si fuera la tuya propia, más que nada porque le tengo aprecio a mi cabeza y porque morirse seguro que es un asco. Apostaría mi cabeza a que en el más allá no hay saloones, ni whisky, ni chicas monas. ¡Eh! ¡Quieto! Lo de apostar era una manera de hablar, ¿okay? Venga, deja ese revólver y escúchame un poco…
A partir de ahora, tú serás yo y yo seré tú, y si te sientes tentado de hacer un chiste fácil, te voy a sacudir las posaderas hasta que no puedas sentarte en una semana.
Bueno, pues si ya está todo aclarado, lo mejor que podemos es comenzar con la historia titulada
«Oro de sangre».
Quincy West debe su nombre a la unión de Quincy Jones (el americano que se enfrenta a Drácula en la novela de Bram Stoker) y Johnny West (el conocidísimo juguete del vaquero que hizo furor en USA durante la década de los sesenta), así como Jim West (protagonista de la serie The wild wild west, de la misma época). Esta combinación da nombre a un personaje malhablado, errante y descuidado, que tuvo la suerte, o no, de que su madre fuera bendecida por un chamán indio mientras estaba encinta, lo que dará pie a que viva las más extrañas aventuras en el límite donde se cruzan el mundo natural y el sobrenatural.
Son muchas las historias pendientes por escribir de las aventuras del bueno de Quincy, pero la primera en ver la luz fue Oro de Sangre, editado por Suseya Ediciones en formato de libro de bolsillo. Oro de Sangre es un librojuego, una historia interactiva en la que el propio Quincy es poseído por el/la lector/a, lo que da la excusa perfecta para que llevemos el control de qué ocurre en la aventura y podamos llegar, o no, a su conclusión. Eso sí, el mundo de Quincy West es oscuro y terrible y la vida no resulta fácil, por lo que estamos ante unos relatos en los que lo sobrenatural siempre rodea, como una banda de coyotes, al protagonista y trata de llevárselo a lugares oscuros más allá de la cordura, donde cosas más antiguas que el hombre habitan para llevárselo de nuevo a las tinieblas.
Este es el universo de Quincy West y a él dedicaré, con el tiempo toda una sección en esta web para que disfrutes con ella y quede constancia, una vez que yo mismo desaparezca más allá del velo de la muerte, para el futuro. Bienvenido a mi mundo, vaquero.
A menudo me encuentro en la tesitura de tener que explicar a mis alumnos cómo abordar determinados temas, tales como el éxito en los estudios o el emprendimiento de tareas que nunca han hecho. La escritura es una de esas cosas que también requieren de cierto grado de orientación y, como sé que bastantes de mis seguidores son (sois) mis alumnos, he decidido dejar por escrito (nunca mejor dicho) algunos consejos para guiar a todo el que quiera por las misteriosas aguas de la creación de historias.
En primer lugar, vamos a partir de que escribir es un arte y que, como todas las artes, requiere de una actitud adecuada, en especial si queremos que deje de ser un hobby y se convierta en algo más serio. Vivimos unos tiempos extraños, en los que todo viene envasado y se sirve de modo inmediato, sin esfuerzo. Esta «cultura del precocinado» es la que hace que muchos piensen que crear historias es algo de «calentar y servir», cuando en realidad se trata de un proceso mucho más complejo.
CUATRO PRINCIPIOS ZEN PARA EL ARTE DE LA ESCRITURA
1) Paciencia: el dominio de cualquier arte requiere de grandes dosis de paciencia, tanto con nosotros mismos como con los demás. En una época en la que se busca el beneficio rápido y la satisfacción inmediata, la paciencia es la gran perdedora. Aprender un idioma sin esfuerzo, adelgazar sin esfuerzo o aprobar sin estudiar, empiezan a ser cantinelas demasiado sabidas en una sociedad blanda y hedonista, un símbolo que acompaña a la decadencia de las civilizaciones. La paciencia es lo que hace que aprendamos a dejar para después las recompensas, en espera de ver, algún día, los frutos de nuestro trabajo. Un escritor debe ser paciente, escribir sin descanso y no debería albergar la idea de ver frutos de su labor de un modo inmediato. Debes estar preparado para la idea de que puede que nunca llegues a verlos y, aun así, trabajar como si todo eso fuera posible.
2) Concentración: la segunda gran perdedora en el ranking de popularidad social es la concentración. Vivimos en un mundo multitarea, en el que los estímulos externos son lo fundamental, en lugar de lo interior. Un escritor debe ser capaz de ignorar todo ese exceso de estímulos y sumergirse en su riqueza interior, pues es de allí desde donde vendrán todas las ideas y la inspiración. El desarrollo de esa capacidad de abstracción, de proceso interno, es básico para crear historias y personajes genuinos, pues la inspiración no va a proceder de ningún otro lugar que no sea el de sus propias experiencias y vivencias. Eso no significa que tengamos que encerrarnos para escribir, sino que debemos tener cierto grado de introspección, incluso cuando estamos con otras personas o entre el bullicio que llena nuestro día a día. Al igual que una persona que aprende a montar en bicicleta debe estar atenta a lo que hace, todas nuestras acciones deberían estar pendientes de la tarea que estemos haciendo. Con el tiempo, aprenderemos a montar en bicicleta y a disfrutar del paisaje al mismo tiempo, pero solo cuando hayamos automatizado parte del proceso.
3) Disciplina: es muy complicado alcanzar nuestros objetivos si no somos disciplinados. Al igual que un deportista de élite debe renunciar a determinadas cosas para llegar a lo más alto, el artista o el escritor deben ser capaces de renunciar a muchas cosas que le gustaría hacer para cumplir con sus objetivos, que no con sus sueños. En ese caminar hacia la meta, habrá que practicar todos los días, escribir mil palabras para luego tacharlas y regresar, una y otra vez, al punto de partida sin más beneficio que la seguridad de que caminamos hacia algún lado. Solo así se llega al refinamiento de la técnica, como el herrero que, golpe a golpe, templa el acero en una forja.
4) Interés / preocupación: una vez que nos hemos fijado unos objetivos, toda nuestra vida debería girar en torno a ese eje que hemos creado. Si somos escritores, tenemos que serlo siempre. Esto implica estar atentos a todos los cambios que surjan en nuestra manera de escribir, así como a tener la actitud de aprendizaje adecuada, que es la que garantiza la capacidad de evolucionar y crecer. También deberíamos estar interesados en aprender cosas nuevas y en la mejora continua. Lo que no se recicla, se estanca. lo que no se entrena, se pierde.
Podrían decirse todavía muchas más cosas acerca del arte de escribir, así como del dominio de otras artes, pero eso también iría en contra de los principios del zen. Yo solo te he puesto en camino. Tú debes recorrerlo. Creo que basta con las pinceladas que he dado aquí para estimular tu reflexión. Espero que te haya servido para ser mejor escritor y mejor persona, cosa que no siempre sucede a la vez.
Si estás interesado en profundizar en el tema, aquí te dejo una referencia que seguro que no te decepciona:
Herrigel, Eugene. Zen en el arte del tiro con arco. Madrid: Gaia Ediciones, 2012
Soy un escritor de nichos dentro de nichos. Descubrir tal verdad fue una de esas cosas que te marcan de por vida, pero que no queda más remedio que aceptar con valentía y, por qué no, con una sonrisa. Soy un escritor que escribe especializaciones dentro de las especializaciones. Solo tras echar un vistazo a mi trayectoria literaria, como si fuera un curriculum vitae, he sido consciente (y feliz) del camino recorrido y de los puntales que cargan con su peso. Escribo fantasía y ciencia ficción y, dentro de esta última, casi me he especializado en ficción interactiva, lo cual ya es un nicho de especialización dentro de otro.
Nos encontramos en esa época del año en la que la rutina, esa señal inequívoca de que el tiempo avanza de forma lenta e imparable, empieza a hacerse notar. Han pasado dos meses desde los famosos propósitos de año nuevo y, para muchos, digamos que llegan los despropósitos de año nuevo cuando la vida que decidieron dejar atrás resulta que los está esperando en el primer recodo del camino para decirles «te lo dije».
No voy a entrar en el debate de si es fútil o no planear un cambio de vida solo porque cambie la hoja del calendario, pero sí que voy a abordar el tema de los que deciden empezar a escribir en enero y se encuentran atascados en la encrucijada que los lleva a seguir con su labor o abandonarla por completo. Para todos ellos, va dedicado este artículo.
Quizá hayas descubierto tus capacidades narrativas o te hayas dejado deslumbrar por los espejismos de una vida «fácil y popular» y en hacerse rico como J. K. Rowling o Stephen King. Muchos de los que se inician en la senda de los escritores parecen creer que esto solo es sentarse y tener ideas felices, las cuales se venderán como rosquillas en cuanto el mundo se entere de su mera existencia. Por desgracia, cuando llega la inevitable bofetada de la realidad, el aficionado a la escritura descubre que su pequeño mundo se resquebraja por un millar de sitios y amenaza con derrumbarse de un momento a otro. Tarde o temprano, si no reconduce con seriedad sus intenciones, existen grandes posibilidades de que abandone lo que comenzó y se dedique a perseguir sus sueños de otra forma, con unos resultados más o menos predecibles. Ahí van unos consejos:
Hoy vamos a seguir hablando de literatura popular, tal y como empezamos en este artículo. Hoy hablaremos de Penny Dreadful y Dime Novels.
El término "Penny Dreadful", que podría ser traducido al español como "espantos a penique", se refiere a un tipo de literatura que surgió en el siglo diecinueve y que tuvo tantos entusiastas aficionados como detractores. Escritos sobre papel barato y a precios irrisorios, los Penny Dreadful llenaron las calles de la sociedad victoriana con terrores inimaginables, espantos sin cuento, villanos muy malvados y héroes demasiado heroicos, todos ellos en franca oposición a la rigidez de costumbres de la época.
Este tipo de relatos, escritos de manera que se prolongaban en el tiempo, hizo furor entre los nuevos lectores del siglo del vapor. El aumento de la productividad industrial propició que pudieran hacerse grandes tiradas de folletos de entre dieciséis y treinta páginas a un ritmo semanal, los cuales cautivaron a un público sumido en los importantes cambios sociales de una sociedad que avanzaba al nuevo ritmo marcado por las máquinas. La incipiente clase obrera, empobrecida y culturalmente muy limitada, podía permitirse el coste de una evasión barata que los alejara de sus vidas y los llevara a mundos repletos de engendros y horrores inimaginables, muchos de los cuales se repetían y plagiaban hasta la saciedad.
Los escritores de estos folletines trabajaban a destajo y solían cobrar un penique por cada línea que escribían, lo que redundaba en extensos párrafos y en recargadas descripciones para engordar la factura, de modo que la calidad literaria era la que terminaba saliendo mal parada. Muchas de las historias eran plagios unas de otras, incluso versiones de historias populares, y estaban llenas de estereotipos y de espantosos crímenes. Para dar continuidad a las series y mantener enganchados a los lectores, los escritores solían recurrir a todo tipo de tretas como, por ejemplo, dejar a los protagonistas en situaciones aparentemente sin salida, de las cuales escapaban casi de milagro en el número siguiente. Así se mantenía el interés y las ventas, de modo que algunas de estas historias llegaban a venderse durante meses enteros, si no años.
Hoy tengo ganas de compartir por aquí un pequeño artículo que he escrito, en calidad de editor, en Con Pluma y Píxel. Y lo hago no solo porque soy el menda que paga las facturas, sino porque creo que es un consejo más que importante para todos/as aquellos/as que quieran dedicarse a escribir historias de terror.
La narración de horror se basa en la premisa de que el/la autor/a sea capaz de tocar las teclas del subconsciente humano, de pulsar esos resortes ocultos que nos hacen preguntarnos qué se esconde entre las sombras del dormitorio, en el fondo del armario o tras el rostro de un desconocido. ¿Quién no ha sentido un escalofrío al atravesar un bosque conocido, al trasponer una puerta o al ver la sombra de un perchero en su propio dormitorio? Son esos lugares cotidianos los que sirven de terreno abonado para el terror más visceral, ese que surge de lo más antiguo de nuestro bagaje animal y nos impulsa a sospechar de todo en aras de garantizar nuestra más íntima supervivencia.