
La promoción es una de las tareas que debe hacer cualquier autor que no sea un superventas, que solemos ser la mayoría. En el éxito, siempre relativo, de una obra escrita hay unas fases que, lo queramos o no, debemos recorrer. A menudo, los escritores novatos (o muy ansiosos) desean saltarse pasos y llegar directamente al éxito, con la idea errónea de que el mundo va a recibir su libro como si fuera la última gran revelación del año y que ya bastante han hecho con escribir. Por desgracia, el mundo funciona de una manera ligeramente distinta a como nos gustaría a los simples mortales y, más a menudo de lo que parece, se nos suele olvidar que los procesos naturales son siempre lentos, graduales y con su propio ritmo de crecimiento.
Así, al igual que la evolución desde simples organismos unicelulares (¡incluso más sencillos que eso, según los últimos descubrimientos!) hasta el grado de biodiversidad que hoy puebla el planeta es el fruto de más de tres mil millones de años, el proceso desde que un autor tiene una idea hasta que encuentra las palabras adecuadas, localiza el tono y organiza las tramas es largo y, en apariencia, lentísimo. Gota a gota, como en un alambique, se va destilando la trama del relato y va tomando forma hasta que, en un momento dado, el autor o autora decide que ya está terminado y que sería una buena idea que otros lo disfrutaran.
Dejando de lado la fase de búsqueda y aceptación del original por parte de una editorial o una plataforma de autopublicación, que nos llevaría incluso varias entradas de blog y para la que hay muchísima información en el ciberespacio, lo cierto es que casi parece que todo ha terminado cuando el libro, ya acabado, reposa en nuestras manos. Sin embargo, lo cierto es que estamos muy lejos de ese éxito soñado, pues el libro hay que, como se dice en el argot del mundo editorial, «moverlo». De esta labor se encargan los agentes y los editores (que no todos), pero no funcionará a menos que el/la autor/a se implique en el proceso.
Y no hay otra forma que la promoción directa, el marketing con la figura del/de la autor/a en el centro y muy cerca de su libro. Son las firmas en librerías y ferias, en eventos multitudinarios, los que harán la magia de que el libro, especialmente si no de autoría muy conocida, llegue al gran público. Estar presente, ser uno con los futuros lectores y clientes potenciales y disfrutar del momento es la esencia de esta fase, y si no se da de manera adecuada, lo más seguro es que el libro pase sin pena ni gloria por las estanterías de las tiendas, donde su esperanza de vida es muy breve por la vorágine del mercado, y termine cogiendo polvo en los almacenes hasta que, tarde o temprano, termine descatalogado y, con suerte, en el mercado de saldo. ¡Así pues, promocionad, promocionad y promocionad como si el mundo fuera a acabarse mañana mismo!
UNA EXPERIENCIA PERSONAL
Para mí, esta fase siempre me resulta emocionante y muy divertida, pues me permite conocer a gente y tratar al público directamente, sin intermediarios. Estar ahí, dispuesto a responder preguntas, a explicar de qué va lo que has creado y disfrutar del ambiente que se crea en un evento como una feria o un festival, es una experiencia muy bella, especialmente si la compartes con otros compañeros de camino. Las ventas vendrán o no vendrán, pero el hecho de poder expresar y que el público le ponga un lado humano a los libros es una experiencia bonita y muy útil para que te recuerden y, quizá, adquieran uno de tus libros o se lo recomienden a alguien tarde o temprano.
Aunque en estos momentos ando apartado de la vida pública debido al problema de salud que me alcanzó a principios de junio, y que podría haber sido peor, no me quedan dudas de que algún día regresaré. Ahora toca escribir despacio, revisar mucho, tomar más descansos de lo habitual e ir cumpliendo las prescripciones de los facultativos hasta el momento en el que pueda volver a la palestra para disfrutar con todo ello.
Como dijo el poeta, «Se hace camino al andar».
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