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Llevo el suficiente tiempo escribiendo y llamando a las puertas de las musas como para haber compartido camino y momentos con otros autores, buenos y malos, con diferentes formas de sentir y comprender lo que ocurre desde que una idea brota de sus mentes hasta que es plasmada por sus propios dedos de una forma coherente. Este camino me ha llevado a conectar con diferentes modos de sentir y gozar de la literatura, en la que, como en todas las artes, hay muchos estratos y matices. El problema viene cuando alguien, de ese océano de colores distintos y aguas diferentes, se erige en poseedor de una especie de vara de medir y establece líneas imaginarias para delimitar lo que es arte y lo que no.
La variedad, la diversidad de sentires, la propia naturaleza incluso, es contraria a ese presunto orden. Basta con echar un vistazo a un bosque para saber que no hay dos hojas iguales, ni dos piedras iguales. Ese crecimiento orgánico es lo que le da armonía al conjunto y crea esa sensación de naturalidad.
En literatura pasa lo mismo. Estoy más que cansado de ver, como editor, que hay una más que gruesa línea entre los que aspiran a ser James Joyce y los que se dedican a bajar al terreno de la realidad, tanto humana como social. Los primeros son, paradójicamente, los que terminan por no ver sus ambiciones colmadas y se retiran pronto al toparse con el muro de la cruda realidad, que no es otra que descubrir que este es un mundo muy duro y no todos van a estar en la cima, ya que esta es realmente pequeña y no todos los que hay en ella están precisamente vivos.
A algunos les saldrían verdaderos sarpullidos si tuvieran que estar vendiendo libros en mercadillos, a pie de calle, en contacto directo con un público menos selecto que el que van a encontrar en una asociación literaria o una biblioteca. Y sin embargo, es en esos niveles donde más se valoran las historias entretenidas, las aventuras, las tramas y que un libro nos haga pasar un buen rato. Igual es esa la esencia de los contadores ambulantes de historias, de las ya desaparecidas coplillas de ciego y de los bardos y los buhoneros, una más que noble tradición narrativa que fue popular antes de que los grandes salones se apropiaran de estas historias para disfrutarlas al margen de la gran masa.
Es esa literatura popular, imperfecta y sorprendente a la vez, la esencia íntima de los cuentacuentos que hacen soñar hoy a nuestros niños, pero también a los adultos, y es la heredera de toda una tradición milenaria que muy bien podría remontarse a la edad de las cavernas. Esa, y no otra, es la energía que mueve mi propio motor a la hora de escribir, quizá porque paso demasiado tiempo entre niños y adolescentes como para saber que disfrutan muchísimo más con una buena historia que con un sesudo escrito lleno de figuras literarias y contenidos profundos.
Hoy, en esta mañana soleada, me viene a la memoria que un buen amigo, también escritor (y con Planeta, nada menos), me definió cariñosamente como un buhonero en cierta ocasión. Hoy, que he tenido que reconducir una historia que se me estaba atragantando de lo seria y seca que era y volver con ella al banco de trabajo, he recordado esas escena y he sonreído en silencio. Soy un buhonero, en más de un sentido, y escribir lo que escribo y hacer lo que hago es una de las mejores cosas que han podido pasarme en la vida. Solo por eso, merece la pena seguir adelante y pergreñar nuevas aventuras para llevar, como decía Sir Arthur Conan Doyle, «una hora de entretenimiento al muchacho que a medias es un hombre, o al hombre que es un muchacho a medias».
Disfrutad con vuestra escritura y ofrecédsela a vuestro público. Ellos serán felices y vosotros, también.
#franciscotapiafuentes #escritura
Imagen de Gabriel LE NAOUR en Pixabay

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