
Aislado temporalmente del mundo real de las librerías, ferias y congresos, tengo el gusto de ver cómo mis propios libros están en muchas bibliotecas públicas para el disfrute del personal. Por añadidura, hoy disfruto sabiendo que estarán en la Exposición de Libros organizada por la Asociación Riojana de Escritores, que en esta ocasión recala en la Biblioteca Pública de Villamediana de Iregua, en La Rioja, el lugar donde llevo a cabo gran parte de mi actividad literaria, ya sea en uno de los cafés que hay en la plaza o, recientemente, en la propia biblioteca pública.
Lo bueno de las historias escritas es que no dejan de existir, por mucho que su autor haya desaparecido de escena, aunque sea, como es mi caso, de forma temporal. En cierto modo, los libros tienen un alma que los hace entes que perduran mientras el formato en el que estén escritos siga existiendo, como todos las cosas en este universo. Y aunque ciertamente se puede afirmar que hay otras realidades no físicas (formatos, les llaman), para los libros, lo cierto es que esa existencia virtual no deja de ser una entelequia que depende, entre otras cosas, de que el formato electrónico siga incorruptible y en un lugar sujeto a las leyes de la conservación de la energía, razón por la que tampoco podemos asegurar que vaya a ser eterno.
Y aquí las bibliotecas públicas se convierten en el centro donde uno puede encontrar todas esas historias durmientes, casi expectantes de llegar a ser leídas algún día por nuevos ojos, pero, sobre todo, preservadas para el futuro como el astronauta D. Bowman en 2001. Odisea en el espacio.
Te animo, lector/a, a que vayas a las bibliotecas y disfrutes con ellas.
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